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Reloj Circadiano

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Reloj Circadiano Creo abrir los ojos nuevamente, observo la pared blanca y entre imágenes borrosas distingo unas sábanas grises en la penumbra. Intento moverme sin lograrlo, mi brazo derecho está debajo de mi cuerpo, no tiene fuerza ni yo control sobre el. Creo que ambos estamos dormidos. Cierro los ojos y vuelvo a regresar a algún absurdo sueño sobre mi infancia. La miss Rosa, nos regaña por jugar futbol en el patio prohibido y confisca la pelota una vez más, reímos. Llevo más de tres semanas en cuarentena, no sé exactamente cuántos días. El tiempo en estos tiempos se cuenta con números de contagiados, ayer alcanzamos más de 1 millón. Miro el calendario en mi habitación. Olvidé cambiar la hoja desde febrero y marzo quedó vacío, ¿cuándo volveré a anotarle una cita para ir al cine o tomar un café? Seis relojes me observan desde mi buró, uno está muerto desde el año pasado, no le cambié la pila. No sé si los demás trabajan o también están en cuarentena. Antes de estos tiempo...

Helados y coronavirus

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Helados y coronavirus Son las tres de la tarde y el sol entra caliente por mi ventana. Afuera, el viento juega con las hojas de los árboles y una parvada de loros gritonea entre las flores anaranjadas de un tulipán africano. Es el día 29 de la cuarentena de la era del coronavirus COVID-19 del siglo XXI. También es un viernes de fin de mes, pero podría ser un lunes o un miércoles, da igual. He perdido el sentido del tiempo, los relojes están aburridos esperando administrar las actividades de mi día, con horas, minutos y segundos. A la distancia en el silencio de la calle se escucha la peculiar campanilla del señor de los helados. El ministro de salud aparece molesto todos los días en la televisión, para rogar a la población que se quede en casa para evitar el contagio. No hay peatones y rara vez pasa un auto por la calle, 5 millones de personas observan al ministro dentro de sus casas. La campanilla vuelve a romper el silencio ahora más cerca. Tengo casi un mes durmiendo...

Puesta de sol

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Tuvo que pedalear más rápido, el sol parecía bajar cada vez más de prisa hacia el mar. Camilo, con la cámara de fotos cruzada por el pecho, zigzagueaba driblando gente por el malecón de la ciudad. El día se acercaba a su fin y también la oportunidad de fotografiar a aquellos pelícanos navegando en una pequeña lancha junto a la playa. Había esperado por horas la puesta del sol, para conseguir aquella foto a contra luz, que imaginó. Dejó la bicicleta tirada en el suelo y al acercarse al pequeño muelle junto al malecón, encendió su cámara y quitó el lente casi sin pensarlo. Tenía tan perfectamente elaborada la imagen en su cabeza, que de inmediato se dio cuenta que había un elemento sobrante en la composición que veían sus ojos. Junto a la lancha sentada sobre el muelle, la silueta negra de una persona parecía resplandecer con los mágicos brillos dorados reflejados en el agua. Camilo tomó un par de fotos antes de hacerle algunos ajustes a la cámara para obtener la iluminación que buscab...

Que basura de cumpleaños

Basurero Las llantas de aquella Ford Ranger rodaban lentamente entre cientos de baches, vidrios, pedazos de aluminio, piedras y lodo. Era una hora después del medio día y un penetrante olor a podrido comenzaba a bailotear por mis fosas nazales. Los 37° C que irradiaba el sol fermentaban un costal lleno de naranjas exprimidas, sobre éste 1,722 moscas comían y colocaban secuencialmente miles de huevecillos que mañana serían hambrientas larvas blancas. La misión se encontraba al fondo de aquel apocalíptico lugar, detrás de una densa cortina de humo. Seguimos avanzando lentamente, cuando pasó junto a nosotros una camioneta del hospital general, su carga: 18 misteriosas bolsas negras que terminaron arrumbadas junto a un grupo de 15 perros abandonados. Bajo los rayos de un sol eclipsado por el humo y sobre toneladas de basura, nos acercábamos más al final de aquel infierno en el centro de la selva. Bolsas multicolores de todos los supermercados, latas filosas y oxidadas, la vieja lavadora “K...

14 de febrero

Mientras espera que se detenga el colosal gusano naranja, César mira su reloj de pulsera. La pantalla marca las 5:45 PM mientras sus manos sudan de emoción por lo que va a sucederle más tarde. El andén principal de la estación del metro Mixcoac se encuentra atestado de gente, es viernes 14 de febrero en la Ciudad de México y el amor esta en el aire, o en lo poco que queda de él. Una chica de traje sastre gris y una pañoleta roja al cuello reboza una gran sonrisa mientras abraza con orgullo y presunción una docena de rosas rojas que su novio, gerente de la Comercial Mexicana le mandó al trabajo. En su bolso de mano el empaque de una paleta payaso que su amante, un chofer de su jefe le dio discretamente, sonríe mientras un lápiz labial le pica un ojo de gomita, y la figurita de San Antonio le mira de cabeza entre paletas acarameladas de corazón. Suena el característico bip del metro mexicano y César se prepara para el enfrentamiento de las masas. 19 personas incluyendo una señora gorda c...

39° C

Sentado bajo una palapa en la playa, disfrutaba de la vista que ofrecía la diminuta playa Carrizalillo. Aún debajo de mi sombra personal, la plástica botella de agua helada, parecía derretirse más rápido de lo que lo que la tomaba. Frente a mí, en la playa, cerca de donde rompían las olas del mar, una hermosa chica bronceaba su cuerpo tendida de espaldas al sol. Mientras me secaba el sudor de la frente, observé a través de mis lentes obscuros, como ella se reacomodaba un poco, persiguiendo los rayos del astro amarillo. La chica de cabellos rubios y un diminuto bikini rosado, parecía disfrutar del sol que a mí ya me había ampulado la espalda en otra terrible ocasión. Acostada sobre un pareo azul cielo, la acalorada chica se desamarro el sostén. Su espalda me recordó un sartén con aceite hirviendo, listo para freír una jugosa carne... A cada sorbo que daba a mi helada agua, la chica parecía hundirse más y más en la arena hirviente. Mi botella de agua ya estaba tibia y apunto de acabarse,...

Un metro de memoria

Recuerdo que me puse mis pesados anteojos y mire la hora en mi viejo reloj “Mido”, las manecillas marcaban misteriosamente la 1 de la tarde en punto, siempre me había parecido extraño que al mirar mi reloj éste marcara las horas exactas, pero lo más extraño era estar subiendo una escalera entre cientos de personas que caminaban con prisa. Apenas podía subir los escalones por mi viejo dolor de la ciática, y no tenia idea de a donde subía, sólo me llevaba el mar de gente “¿Qué hago aquí?” me pregunte, y trate de hacer un poco de memoria.. Un reloj de luces rojas titilantes colgado del techo marcaba las 11:03 am, junto a éste, había un letrero azul que decía dirección “cuatro caminos”. Cerca de mí, una muchacha de unos veintitantos años se pintaba los labios mientras se miraba en un diminuto espejo, su falda casi igual de diminuta me permitió contemplar más que sólo su par de lindas rodillas. Cuando yo era joven mirar unas piernas tan desnudas era tan raro como ver un avión en el cielo de...

Lazy Lizard y el Misterio del Cenote Maya

Lazy Lizard y el Misterio del Cenote Maya Espero que guardes el secreto que a continuación te cuento, quizás no debería ser secreto, pero no se a ciencia cierta si es real. Lo sabe mi simpático y verde amigo quien lo vivió, yo, y ahora te he escogido a ti pues pienso que puedes aprender la lección.. Esperanzado poder trabajar al fin, Héctor limpiaba el parabrisas del avejentado Volkswagen sedan modelo 93. 15 minutos antes, el despertador marcaba las 5:30 AM. Era un día más de trabajo para Lazy Lizzard. Rápidamente Elisa, Cesar, Ana Laura y Héctor cargaban su pesado material de campo que Lazy soportaba con unos vencidos amortiguadores que ya no hacían demasiado por los baches de los caminos de Cozumel. Los 4 biólogos llevaban varios meses trabajando en sus proyectos de tesis en aquella hermosa isla maya. Lazy era en realidad el integrante más viejo del proyecto, de hecho había pertenecido varios años a una rentadora de autos turísticos antes de entrar al mundo de la investigación cientí...

Confesión a 95 km/h

Sin saber su nombre, y mientras la luz roja iluminaba desde la cabina del autobús nuestros rostros en penumbras, ella me confesaba que aquel había sido “el día más maravilloso de su vida”. Una hora antes me encontraba con Abril en la estación de autobuses de Villahermosa, a pesar de ser las 7 de la noche el calor era sofocante. El cargar mi mochila y material de campo a través de la muchedumbre, me había hecho mojar mi playera como si me hubiera metido a una tina con agua. Abril me despidió agradecida con un beso tierno, luego de compartir más de un mes juntos trabajando en la selva, lo cual había sido truncado por el huracán Emily 5 días atrás. Con un poco de frustración de regresar antes de lo esperado a casa, subí al autobús preparado para viajar 12 horas en un pequeño asiento, el cual esperaba luego cambiar por una reconfortante cama. Como lo indicaba mi boleto, me acomodé en el asiento número 30 junto al pasillo del autobús, no muy lejos del desagradable aroma del baño. Siempre he...