14 de febrero

Mientras espera que se detenga el colosal gusano naranja, César mira su reloj de pulsera. La pantalla marca las 5:45 PM mientras sus manos sudan de emoción por lo que va a sucederle más tarde. El andén principal de la estación del metro Mixcoac se encuentra atestado de gente, es viernes 14 de febrero en la Ciudad de México y el amor esta en el aire, o en lo poco que queda de él. Una chica de traje sastre gris y una pañoleta roja al cuello reboza una gran sonrisa mientras abraza con orgullo y presunción una docena de rosas rojas que su novio, gerente de la Comercial Mexicana le mandó al trabajo. En su bolso de mano el empaque de una paleta payaso que su amante, un chofer de su jefe le dio discretamente, sonríe mientras un lápiz labial le pica un ojo de gomita, y la figurita de San Antonio le mira de cabeza entre paletas acarameladas de corazón.
Suena el característico bip del metro mexicano y César se prepara para el enfrentamiento de las masas. 19 personas incluyendo una señora gorda con tres hijos del brazo y dos cajas de huevo llenas de verdura, se abalanzan a través de la puerta lo que asemeja un choque de futbolistas de americano. Codazos, jalones, empujones, un brazo que despeina el cabello lacio de César, pero finalmente se encuentra dentro del vagón. Por encima de decenas de cabezas y un globo metálico de corazón rojo, observa al otro lado de la ventana a la chica con las rosas rojas alejarse, mientras el metro comienza a zigzageár por un oscuro túnel bajo la superficie de la ciudad.
No lo saben con números precisos, pero lo sienten en sus cuerpos; 42 ° C de calor hacen que los 263 pasajeros del vagón cinco comiencen a sudar. César no encuentra manera de quitarse su sudadera verde, la frente se le llena de gotas de sudor. Mientras levanta la cabeza tratando de respirar oxígeno del poco aire que entra por la ventana, recuerda la última vez que celebró el día de San Valentín con tanta emoción. Fue hace siete años cuando había ido con Gabriela su novia de toda la prepa a “Reino Aventura”, seis meses después de aquel meloso día del amor día del amor ella estaba embarazada y casada con un primo de César, el sueño romántico había desaparecido, así como Reino Aventura y Cornelio el bobalicón dinosaurio rosado.
El bastón de una pareja de ciegos que cantaban “amor eterno” supuestamente cual Rocio Durcal y Juán Gabriel, regresó al galante y pulcro joven a la urbana realidad dentro del sofocante vagón cinco del metro. En la desolada estación del metro San Antonio, sólo entró una solitaria bocanada de aire fresco y Elenita, que a sus 54 años nunca había tenido la oportunidad de celebrar el día de los novios. Hoy, ella se conformaría con dar de comer a sus tres perros y cenar sola mientras escucha las noticias del canal 13.
Al calor del roce natural de los cuerpos en el metro en quincena y mientras un albañil de pie miraba el escote de una joven quinceañera, según él “discretamente”; César pensaba a dónde podría llevar a Ale a cenar y fantaseaba con lo que pudiera suceder después. Faltaban tres estaciones para llegar al metro Polanco, su celular marcaba cinco minutos antes de las 6 pm. Al ver la pantalla, César descubrió un mensaje nuevo sin leer; “Salí 20 minutos antes, me adelanto a esperarte en nuestro lugar de siempre, vengo de rojo, TE AMO!!”. Repentinamente César sintió un chorro caliente desde su corazón al estomago. No recordaba estar tan enamorado jamás en su vida, la emoción le invadió todo el cuerpo.
El romántico César se acercó como pudo hacia una de las grafiteádas ventanas de cristal de las puertas del vagón, en el sucio reflejo se observó de pies a cabeza. Logró quitarse al fin la sudadera verde, debajo de ésta vestía una camisa blanca de manga corta perfectamente planchada a la cual le arregló el cuello derecho que estaba mal doblado. Guardó en su mochila a la espalda un ipod que sacó del bolsillo derecho de su pantalón de mezclilla, tenía una semana entera escuchando el último disco de Robbie Williams, el cual por cierto había sido recientemente el padrino de anillo de la boda de Eltón John.
César miró sus tenis rojos, tenía una agujeta desabrochada pero no pudo hacer nada, intentarlo siquiera sería un acto circense o suicida en caso de que se detuviera el metro. De otro cierre de su mochila sacó un Kleenex con el cual se secó el sudor de la frente, sacó también un Labello y humectó sus labios apretando fuerte uno sobre el otro. Se arregló como pudo el peinado luego de aquel atropello que recibió al subir. Estaba listo, faltaba una estación para llegar y su corazón latía a 120 pulsaciones por minuto. Moría de ganas de ver a Ale en ese día tan especial, pasar tiempo juntos, derramar miel y celebrar su amor.
Poco a poco y pisoteando su agujeta se movió entre la gente acercándose a la puerta del vagón cinco que cual nave espacial abriría para el esperado descenso en su luna de queso. Un último vistazo a su celular le indicó las 6:03 PM en dígitos grandes con luces de colores. Agarró muy fuerte el asa de su mochila y al abrirse la escotilla brincó cual astronauta a suelo firme. También como lo haría en un planeta sin gravedad, salió rebotando y casi flotando entre cuerpos y empujones, había abandonado finalmente a su vermiforme transporte naranja.
Comenzó a caminar por el pasillo principal de la estación Polanco entre cientos de cabezas cansadas, cabelleras largas negras, moños rojos, un corte punk que desafiaba la gravedad, 2 globos que levitaban sostenidos de cordones blancos, César estaba feliz en aquel momento. Ni siquiera se dio cuenta que la temperatura bajó 15° C al atravesar las puertas del vagón, seguro que no lo sabía pero seguía sudando debido a su emoción. De la mochila en su espalda sacó un oso de peluche con un corazón en el pecho que decía TE AMO y un enorme moño rosado atado del cuello.
La gente comenzó a desaparecer, el pasillo se vació poco a poco, y apareció entonces al fondo aquel puesto de revistas donde se habían citado varias veces en los 4 meses anteriores. Al llegar al sitio no estaba más que un vendedor anciano de gafas, leyendo un periódico deportivo con una chica semidesnuda en la contraportada. ¿Había llegado muy tarde?, ¿Se había ido su cita?
De repente se asustó y dio un brincó. Alguien detrás de él le tapó los ojos con unas suaves manos, “hola amor!” grito emocionado, unos labios besaron su cuello y al oído y le susurraron “te amo, felicidades corazón!”. Aquellas gruesas manos le dejaron ver nuevamente la luz y frente a él estaba Alejandro quien le entregó una enorme rosa roja mientras le robaba un beso tierno y tímido de los labios. César y Alejandro enamorados y de la mano, desaparecieron lentamente del andén del metro Polanco sobre una escalera eléctrica, con su amor y sin miedo, aquel 14 de febrero estaban decididos al fin a conquistar juntos el mundo..

Héctor Perdomo Velázquez
Morelia, Michoacán, Abril del 2006

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