Que basura de cumpleaños
Basurero
Las llantas de aquella Ford Ranger rodaban lentamente entre cientos de baches, vidrios, pedazos de aluminio, piedras y lodo. Era una hora después del medio día y un penetrante olor a podrido comenzaba a bailotear por mis fosas nazales. Los 37° C que irradiaba el sol fermentaban un costal lleno de naranjas exprimidas, sobre éste 1,722 moscas comían y colocaban secuencialmente miles de huevecillos que mañana serían hambrientas larvas blancas. La misión se encontraba al fondo de aquel apocalíptico lugar, detrás de una densa cortina de humo. Seguimos avanzando lentamente, cuando pasó junto a nosotros una camioneta del hospital general, su carga: 18 misteriosas bolsas negras que terminaron arrumbadas junto a un grupo de 15 perros abandonados. Bajo los rayos de un sol eclipsado por el humo y sobre toneladas de basura, nos acercábamos más al final de aquel infierno en el centro de la selva. Bolsas multicolores de todos los supermercados, latas filosas y oxidadas, la vieja lavadora “Krolls” de doña Lupita, llantas ponchadas que ahora eran hogar de millones de mosquitos, un hombre sentado en el roído sillón que pertenecía a don Payo, 8 pañales de Diego de hace 7 días y hasta una casa miraba yo con asombro. Si había varios autos destartalados porqué no una casita de materiales reciclados. Adentro Eugenia con una herida en la pierna izquierda donde le bailoteaba un grupo de moscas preparaba la comida a su familia de pepenadores. Marisol mi compañera de campo comenzaba a sentir nauseas mientras las moscas y el hedor pasaban a través de las ventanas de aquella camioneta roja.
Chicharrón
Eran las seis de la tarde del 29 de enero de 1978, cuando Olga y José Luis caminaban de la mano sobre un camino de adoquines rosados. Sobre ellos en la copa de unos frondosos árboles de casi 35 metros de altura, una ardilla roía una semilla ovalada mientras un hermoso chipe de Kentucky hacia una escala en su viaje de más de 9,000 kilómetros a las islas del caribe. La tarde era perfecta para el paseo, decenas de familias caminaban por el bosque, Jorgito soplaba las cuatro velas de su pastel y el viento soplaba con gracia los coloridos globos que colgaban de las ramas. José Luis se detuvo frente a un carrito donde a través de un cristal eligió el chicharrón más crujiente. Mucho limón, una pizca de sal y un poco de salsa chorreaban deliciosamente por los pliegues de aquella botana. Olga estaba en el último mes de embarazo, pero nada le impedía disfrutar de aquel delicioso chicharrón mientras se disfrutaba del paseo. Al fondo a la derecha, como un gran espejo que reflejaba el intenso sol, entre cientos de árboles, se podía contemplar la frescura del lago de Chapultepec. Patos, garzas y hasta una pareja de Martínes pescadores caminaban y picoteaban entre la vegetación de la orilla de aquel cristalino lago, mientras pequeñas lanchas de madera flotaban delicadamente en un vaivén con parejas y familias. Olga sintió nauseas de repente y un fuerte dolor en el vientre le hizo pensar que no debió haberse comido aquel chicharrón. El paseo llegaría a su fin unos minutos más tarde al ocultarse el sol detrás del especular lago.
Zopiloltes
Nauseabundos llegamos a lo que parecía el final del basurero, ahí en un cerro de restos podridos de frutas y tripas de pollo, un grupo de zopilotes se peleaban por aquel podrido manjar. Nuestra misión, atrapar una de aquellas aves rapaces y tomar algunas muestras de tejidos y sangre. Entre nubes de humo y moscas bajamos del auto y colocamos la trampa con 2 sardinas como cebo. Mientras esperábamos la captura, me puse a tratar de recordar si alguna vez había tenido un cumpleaños tan increíble e inusual. Definitivamente estar en el basurero no era lo que uno desea para celebrar su nacimiento, y sin embargo puedo asegurar que nunca olvidare haber estado como Dante en el infierno mismo, pero disfrutando de mi trabajo y con mis amigos.
Nacimiento
Eran las 4:30 de la madrugada del 30 de enero hace 28 años exactamente cuando Olga no aguantó más su dolor de estómago y decidió que lo mejor era ir a urgencias del hospital Adolfo López Mateos. Al llegar, José Luis sólo vio como se alejaba Olga en una camilla por un frío pasillo del hospital. “Fue culpa de aquel chicharrón callejero!” se recriminaba él. Una hora y media más tarde aparecería un doctor de bata impecable con un bebé en brazos. “Aquí esta su chicharrón señor!” Era un chicharrón transfigurado en mí mismo que acababa de abrir los ojos a la vida. Seguramente mis papás no imaginaron mientras caminaban por el bosque de Chapultepec que 28 años y un día después más tarde, su hijo caminaría en un basurero, entre moscas, humo nauseabundo y hambrientos zopilotes.
Vida
Estar aquí y hacer estas cosas tan increíbles e interesantes con mis amigos biólogos, es mi alegría y mi vida, y no importa que tenga que pasar mi cumpleaños en el basurero de Cozumel si eso lo hará por siempre un día inolvidable. Feliz cumpleaños en el basurero!!.
P.D. (Olvidaba decir que por cierto no atrapamos al zopilote, así que regresaré mañana al recalentado en el infierno).
Héctor Perdomo Velázquez
Cozumel México, 30 de enero del 2006.
Las llantas de aquella Ford Ranger rodaban lentamente entre cientos de baches, vidrios, pedazos de aluminio, piedras y lodo. Era una hora después del medio día y un penetrante olor a podrido comenzaba a bailotear por mis fosas nazales. Los 37° C que irradiaba el sol fermentaban un costal lleno de naranjas exprimidas, sobre éste 1,722 moscas comían y colocaban secuencialmente miles de huevecillos que mañana serían hambrientas larvas blancas. La misión se encontraba al fondo de aquel apocalíptico lugar, detrás de una densa cortina de humo. Seguimos avanzando lentamente, cuando pasó junto a nosotros una camioneta del hospital general, su carga: 18 misteriosas bolsas negras que terminaron arrumbadas junto a un grupo de 15 perros abandonados. Bajo los rayos de un sol eclipsado por el humo y sobre toneladas de basura, nos acercábamos más al final de aquel infierno en el centro de la selva. Bolsas multicolores de todos los supermercados, latas filosas y oxidadas, la vieja lavadora “Krolls” de doña Lupita, llantas ponchadas que ahora eran hogar de millones de mosquitos, un hombre sentado en el roído sillón que pertenecía a don Payo, 8 pañales de Diego de hace 7 días y hasta una casa miraba yo con asombro. Si había varios autos destartalados porqué no una casita de materiales reciclados. Adentro Eugenia con una herida en la pierna izquierda donde le bailoteaba un grupo de moscas preparaba la comida a su familia de pepenadores. Marisol mi compañera de campo comenzaba a sentir nauseas mientras las moscas y el hedor pasaban a través de las ventanas de aquella camioneta roja.
Chicharrón
Eran las seis de la tarde del 29 de enero de 1978, cuando Olga y José Luis caminaban de la mano sobre un camino de adoquines rosados. Sobre ellos en la copa de unos frondosos árboles de casi 35 metros de altura, una ardilla roía una semilla ovalada mientras un hermoso chipe de Kentucky hacia una escala en su viaje de más de 9,000 kilómetros a las islas del caribe. La tarde era perfecta para el paseo, decenas de familias caminaban por el bosque, Jorgito soplaba las cuatro velas de su pastel y el viento soplaba con gracia los coloridos globos que colgaban de las ramas. José Luis se detuvo frente a un carrito donde a través de un cristal eligió el chicharrón más crujiente. Mucho limón, una pizca de sal y un poco de salsa chorreaban deliciosamente por los pliegues de aquella botana. Olga estaba en el último mes de embarazo, pero nada le impedía disfrutar de aquel delicioso chicharrón mientras se disfrutaba del paseo. Al fondo a la derecha, como un gran espejo que reflejaba el intenso sol, entre cientos de árboles, se podía contemplar la frescura del lago de Chapultepec. Patos, garzas y hasta una pareja de Martínes pescadores caminaban y picoteaban entre la vegetación de la orilla de aquel cristalino lago, mientras pequeñas lanchas de madera flotaban delicadamente en un vaivén con parejas y familias. Olga sintió nauseas de repente y un fuerte dolor en el vientre le hizo pensar que no debió haberse comido aquel chicharrón. El paseo llegaría a su fin unos minutos más tarde al ocultarse el sol detrás del especular lago.
Zopiloltes
Nauseabundos llegamos a lo que parecía el final del basurero, ahí en un cerro de restos podridos de frutas y tripas de pollo, un grupo de zopilotes se peleaban por aquel podrido manjar. Nuestra misión, atrapar una de aquellas aves rapaces y tomar algunas muestras de tejidos y sangre. Entre nubes de humo y moscas bajamos del auto y colocamos la trampa con 2 sardinas como cebo. Mientras esperábamos la captura, me puse a tratar de recordar si alguna vez había tenido un cumpleaños tan increíble e inusual. Definitivamente estar en el basurero no era lo que uno desea para celebrar su nacimiento, y sin embargo puedo asegurar que nunca olvidare haber estado como Dante en el infierno mismo, pero disfrutando de mi trabajo y con mis amigos.
Nacimiento
Eran las 4:30 de la madrugada del 30 de enero hace 28 años exactamente cuando Olga no aguantó más su dolor de estómago y decidió que lo mejor era ir a urgencias del hospital Adolfo López Mateos. Al llegar, José Luis sólo vio como se alejaba Olga en una camilla por un frío pasillo del hospital. “Fue culpa de aquel chicharrón callejero!” se recriminaba él. Una hora y media más tarde aparecería un doctor de bata impecable con un bebé en brazos. “Aquí esta su chicharrón señor!” Era un chicharrón transfigurado en mí mismo que acababa de abrir los ojos a la vida. Seguramente mis papás no imaginaron mientras caminaban por el bosque de Chapultepec que 28 años y un día después más tarde, su hijo caminaría en un basurero, entre moscas, humo nauseabundo y hambrientos zopilotes.
Vida
Estar aquí y hacer estas cosas tan increíbles e interesantes con mis amigos biólogos, es mi alegría y mi vida, y no importa que tenga que pasar mi cumpleaños en el basurero de Cozumel si eso lo hará por siempre un día inolvidable. Feliz cumpleaños en el basurero!!.
P.D. (Olvidaba decir que por cierto no atrapamos al zopilote, así que regresaré mañana al recalentado en el infierno).
Héctor Perdomo Velázquez
Cozumel México, 30 de enero del 2006.
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