Puesta de sol


Tuvo que pedalear más rápido, el sol parecía bajar cada vez más de prisa hacia el mar. Camilo, con la cámara de fotos cruzada por el pecho, zigzagueaba driblando gente por el malecón de la ciudad. El día se acercaba a su fin y también la oportunidad de fotografiar a aquellos pelícanos navegando en una pequeña lancha junto a la playa. Había esperado por horas la puesta del sol, para conseguir aquella foto a contra luz, que imaginó.

Dejó la bicicleta tirada en el suelo y al acercarse al pequeño muelle junto al malecón, encendió su cámara y quitó el lente casi sin pensarlo. Tenía tan perfectamente elaborada la imagen en su cabeza, que de inmediato se dio cuenta que había un elemento sobrante en la composición que veían sus ojos.

Junto a la lancha sentada sobre el muelle, la silueta negra de una persona parecía resplandecer con los mágicos brillos dorados reflejados en el agua. Camilo tomó un par de fotos antes de hacerle algunos ajustes a la cámara para obtener la iluminación que buscaba. Por la mirilla de la cámara observó como el viento jugueteaba con el cabello largo de aquella silueta negra.

Un pelícano se acercó volando a la lancha que se mecía con el vaivén del calmo mar. Los demás pelícanos le hicieron un espacio, en aquella lancha que algún pescador había olvidado para siempre, en aquel también olvidado muelle de madera vieja. Un par de fotos más con el nuevo pelícano, mientras, el sol parecía hincharse más como una enorme yema de huevo estrellado colgado de una nube.

De pronto la silueta pareció darse cuenta de su presencia e intentó levantarse. Camilo le gritó –¡espera tranquila, déjame tomarte unas fotos!- la esbelta silueta volvió a su lugar, junto a un ancho madero en donde estaba amarrada la cuerda de la lancha. Camilo se agachó y se acercó un poco a la silueta, que ahora sabía era una chica. El nuevo ángulo, permitía encuadrar la silueta de la chica junto a la de un pelícano y el gigante sol detrás.

Al escuchar el sonido del obturador la chica preguntó-¿qué te gusta fotografiar?- Camilo contestó –me gustan las aves y los paisajes, me gusta la calma y la felicidad que parecen tener los pelícanos; ¡déjame tomarte algunas fotos, me gusta como se ve tu silueta a contra luz!

-Me gusta sentir el calor del sol y escuchar el sonido de las olas, vengo todas las tardes por el atardecer- dijo la chica. – ¿Cómo te llamas?- preguntó él. -Me llamo María, ¿y tú?-soy Camilo, mucho gusto-. A continuación se recogió algunos cabellos de la frente, que le estorbaban para observar las imágenes a través de la mirilla. Los pelícanos abrían sus alas y parecían jugar espadazos con sus largos picos, mientras las hojas del obturador hacían ese peculiar sonido al abrir y cerrar en una decima de segundo.

-¿Me puedes describir la imagen que ves en tu cámara?-preguntó María. – Veo un tranquilo mar dorado, con un radiante sol anaranjado, veo como lo reflejos que bailan en el agua hacen un camino hasta tu frente. La luz dorada ilumina tu cara, tus sonrientes labios parecen besar la delgada línea entre el cielo y el mar, ¡eres muy bonita!-.

-¡Gracias por el cumplido!, la verdad es que me parece más bonita la descripción que haces de este momento, en verdad que es un hermoso atardecer-. A unos metros de la lancha y sobre un tronco solitario que salía del agua, se perchó una hermosa y esbelta fragata. Camilo giro un poco a su derecha, para acercar en la imagen de la mirilla, a la fragata con la silueta de María. Gradualmente, la obscura silueta negra de María se aclaró y se llenó de color.

Sin dejar de disparar fotos ni separarse de la mirilla, Camilo descubrió el rostro de María. La chica le parecía tan hermosa como pocas había visto en su vida. Quizá era la cálida luz naranja que acariciaba su tez o el jugueteo del viento con aquel largo cabello castaño, pero María le parecía el ser más hermoso que aquellos rayos de sol podían acariciar en toda la Tierra.

El cielo tomaba un tono color salmón, cuando el sol comenzó a besar a las olas en el infinito del horizonte. Las largas pestañas y los tersos párpados caían sobre los ojos cerrados de María. Camilo estaba tan cerca de aquel pacífico y hermoso rostro, al cual le tomó una última foto. Se quitó finalmente la cámara y se la colgó a un costado.

María tomó a Camilo por la cabeza y sin abrir los ojos le dio un beso en la mejilla. Camilo se sentó a su lado a contemplar aquel mágico atardecer. –Me puedes describir la imagen que ven tus ojos- susurró María. –El sol se hunde finalmente poco a poco en el mar, las nubes en el cielo se pintan de morado y salmón. Los pelícanos y la fragata tienen extendidas sus alas y un grupo de gaviotas vuela en línea sobre el dorado horizonte-. La mano de Camilo se recargó sobre la mano de María, la cual descansaba en una tabla del muelle. Ella lo tomó con fuerza. El sol finalmente se escondió bajo el mar. Los colores del cielo se tornaron cada vez más obscuros hasta aparecer la primera estrella.

María sonrió feliz junto a aquel chico desconocido.-Gracias por describirme este hermoso atardecer-dijo María. -Gracias a ti por hacerlo hermoso e inolvidable- respondió Camilo. María quería abrir los ojos y ver a Camilo, pero le bastó con sentir su mano cálida y dibujar una abstracta foto en su mente. La foto de aquel momento tan bello, el cual sus ojos nunca podrían ver.

Héctor Perdomo Velázquez
Campeche, Abril 2012.

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