Confesión a 95 km/h



Sin saber su nombre, y mientras la luz roja iluminaba desde la cabina del autobús nuestros rostros en penumbras, ella me confesaba que aquel había sido “el día más maravilloso de su vida”.

Una hora antes me encontraba con Abril en la estación de autobuses de Villahermosa, a pesar de ser las 7 de la noche el calor era sofocante. El cargar mi mochila y material de campo a través de la muchedumbre, me había hecho mojar mi playera como si me hubiera metido a una tina con agua. Abril me despidió agradecida con un beso tierno, luego de compartir más de un mes juntos trabajando en la selva, lo cual había sido truncado por el huracán Emily 5 días atrás. Con un poco de frustración de regresar antes de lo esperado a casa, subí al autobús preparado para viajar 12 horas en un pequeño asiento, el cual esperaba luego cambiar por una reconfortante cama.

Como lo indicaba mi boleto, me acomodé en el asiento número 30 junto al pasillo del autobús, no muy lejos del desagradable aroma del baño. Siempre he preferido el asiento 17 pero esta vez no pude obtener descuento de estudiante, y menos mi asiento cabalísticamente preferido. Lo que más deseaba en ese momento era que nadie ocupara el lugar contiguo al mío, y poder tener un poco más de espacio para estirar mis largas piernas durante el viaje.

Como siempre en busca de pequeños números en lugares escondidos, los pasajeros del autobús ADO número 280 fueron desfilando ante mis ojos buscando sus lugares. Siempre me ha preocupado sentarme junto a una señora con un bebe que no pare de llorar, o junto a un gordo que coma tortas con un penetrante olor a huevo, pero esta no era la ocasión.. En cambio ante mí, la vi acercarse, era alta, morena, y tenía un negro y lacio cabello que jugueteaba con sus aretes plateados con forma de cubos. Cuando se sentó junto a mí, al menos sentí la tranquilidad de que no regurgitaría junto de mí un recién nacido, en cambio mi nariz disfrutó un olor a exquisito perfume. La chica traía un vaso de plástico de donde sorbió el último resto de lo que parecía café helado, me fije en sus labios pintados perfectamente de un color rojo claro. Quizás no fui lo suficientemente discreto al verla y me miró preguntándome hacia dónde iba, le respondí que a Xalápa, y cuando le pregunté su destino súbitamente sonó un celular que extrajo de su pesado bolso de mano. Entre balbuceos pude escucharla responder a alguien que iba retrazada y se encontraba en Cárdenas sin poder encontrar boleto de autobús… lugar que por cierto estaba a varias horas de aquel infierno tabasqueño, donde la luz blanca de la reversa del autobús 280, estaba por encenderse.

Después de unos minutos encendió el radio de su celular, lo que ciertamente me pareció molesto para mí y para los demás pasajeros que ya intentaban dormir. Después de hacerle un amable comentario, accedió a bajar el volumen de su aparato, lo que también pareció accionar la conversación entre los dos. Me preguntó que si era soltero, le respondí que sí. Para no matar la plática a pesar de mi somnolencia, le aplique la misma pregunta, a la que entre risas me respondió “bueno, sí”. Me platicó que 4 años atrás, a sus 22 años se había enamorado de un tipo de 38 años que había conocido en un gimnasio, al mes se casó con él, y en un mes más estaba embarazada de trillizos. Por cierto escuché en un noticiario que los trillizos ocurren en uno de cada 1450 embarazos. Así que le pregunte por sus tres hijos y me respondió que estaban de vacaciones, y ella quería estarlo también, por lo que se los había encargado a su “muchacha” mientras hacia este “necesario” viaje.

Un poco más despierto y sorprendido por la osadía de dejarle 3 hijos a una extraña, le pregunte acerca de su viaje. Mientras esto sucedía, el autobús avanzaba lentamente entre patrullas y camionetas de PEMEX. La noche anterior en aquel lugar de la carretera, había sucedido una nueva fuga de uno de los viejos y descuidados gasoductos que se oxidaban y explotaban con una ya común frecuencia, en aquella zona del sureste mexicano.

En una penumbra apenas iluminada por tenues luces rojas y azules de las sirenas, podía ver sus grandes ojos hambrientos de que la escuchase. Me platicó que venía de Ciudad del Carmen donde vivía, y se dirigía a la Ciudad de México en donde entregaría una mercancía, y volaría luego a Houston donde se vería con un distribuidor el fin de semana. Descubrí que su delicioso olor a flores, se debía a que distribuía perfumes mientras su esposo trabajaba 2 semanas seguidas en una plataforma de extracción de petróleo.

Al parecer estábamos lo bastante retrasados por el accidente del gasoducto, pues el motor del autobús se escuchó acelerar ahí en el fondo del pasillo donde nos encontrábamos platicando. Muy pronto y a intervalos largos, comenzó a encenderse aquella luz roja detrás de la cabina del conductor que indica cuándo se está rebasando el límite de los 95 kilómetros por hora. De nuevo la plática se vio interrumpida con el timbre de su celular, esta vez con una voz más callada pero emocionada platicó por más de 2 minutos. Pude contemplar su cara de alegría y placer, iluminada por aquella luz roja del autobús, el cual no parecía detener su paso ante nada.

A pesar de su tenue voz, fue imposible no escuchar parte de su plática en aquella silenciosa cabina.. “tome el autobús en Villa justo a tiempo, todo va bien, ya me habló y le dije que voy atrasada porque no encontraba boleto, nos vemos en el aeropuerto como quedamos, yo te mando un mensaje ante cualquier cambio, no te preocupes”…

La chica del asiento 29 parecía hablar acarameladamente con un hombre que no era el mismo de la primera llamada. Sin importarle demasiado me pregunto que si había escuchado su llamada, a lo que respondí preguntando ¿si era felizmente casada? entendió perfectamente mi pregunta, y se dio cuenta de que yo sabía que se traía algo entre manos. Tuvo una sonrisa nerviosa y volteó hacia la obscura ventana que sólo reflejaba las siluetas de su rostro y el mío.
Mientras la luz roja iluminaba de nuevo la cabina del autobús y también a nuestras caras en penumbras, ella me confesaba que aquel había sido “el día más maravilloso de su vida”.

Me quedé callado y expectante como un niño al que le van a contar un cuento antes de dormir. Me contó que en el diciembre pasado salió a tomar una copa con una amiga, y lo que parecía una salida aburrida, se convirtió en una persecución por el bar de un tipo que insistentemente le pedía su teléfono, después de negárselo varías veces accedió finalmente, sin pensar que él se comunicaría con ella. “El tipo es guapo y tiene 36 años” me dijo.

Me platicó cómo el comenzó a buscarla insistentemente, pero ella lo evitó por un largo periodo, hasta que un aburrido día común, sin su esposo, y con tres hijos de que encargarse, decidió contestar su llamado simplemente por curiosidad. Le pareció amable, era maduro como le gustaban los hombres, “experimentados y que me enseñen” me comentó. Coincidentemente al igual que su esposo, el hombre del bar trabajaba en la industria petrolera, por lo que su holgado sueldo le permitió empezar a mandarle obsequios caros como el juego de aretes, collar y pulseras de cubos que no tardo en presumirme. Me contó como comenzaron a telefonearse en secreto todos los días durante 7 meses, sin poder concretar una cita hasta aquella mañana en Villahermosa.

Me confesó cómo habían planeado durante varios días el verse en algún lugar que fuera seguro y sin levantar sospechas de su celoso esposo petrolero. Me platicó como había perdido su autobús original a propósito, para supuestamente tener que replantear el viaje con escalas y paradas, lo que le daría tiempo para estar 4 o 5 horas en “Villa”. Me sorprendió como me contó sin tapujos cómo se había preparado para aquella mañana; se había cambiado de ropa al llegar a Villa, “algo menos conservador” dijo “aparte hoy no llevo ropa interior, si quieres te enseño”. Se dió tiempo de maquillarse y sacar de su empaque un nuevo y caro perfume, el cual ya estaba disfrutado yo también. “No se la verdad si todavía huelo a sexo, pero hoy hice el amor tres veces como nunca en mi vida”, me confesó.

Cada vez me sorprendía más escuchar su aventura matutina, necesitaba gritarlo y desahogarse de aquel secreto que posiblemente no lo contaría a nadie nunca más. Y ahí estaba yo, escuchando cómo “el lobo feroz había devorado a la caperucita”. Me describió a detalle como había practicado el sexo oral, me platicó que posiciones le gustaban y cuáles había practicado con el hombre del bar después de 7 meses de espera. El plan al parecer le había salido a la perfección, nadie más que yo sabía el secreto de su aventura con aquel hombre guapo del bar.

Le pregunte que pensaba hacer con él, qué seguía, qué pasaba por su mente. Por su reacción y su silencio, supe que no había pensado en nada de eso hasta aquel momento, pero que importaba, era el día más feliz de su vida. Me contó cómo también prepararon una segunda cita, esta vez sería el supuesto viaje a Houston con sus distribuidores. La verdad era que se verían juntos en el aeropuerto para pasar un fin de semana juntos en Los Cabos.

Preguntándole qué quería de todo esto, me respondió que en ese momento de su vida su esposo y sus hijos habían pasado a segundo plano, estaba cansada de aparentar ser una buena esposa, estaba aburrida de esperar a su esposo que llegaba a dormir cada dos semanas, su negocio le daba algo de dinero extra pero después de estudiar idiomas no era lo que ella había deseado. Decepcionada de su monótona y frustrada vida de casada a sus 26 años, aquellas 5 horas en Villahermosa le habían inyectado nueva vida, como la gasolina que inyectaba el acelerador al motor del autobús que zigzagueaba estrepitosamente por la carretera federal 145.

Cerca ya de las 11pm, pensativa pero al fin feliz, se recostó dándome la espalda mirando la silueta de montañas y árboles corriendo entre la oscuridad. Poco antes de que me ganara el sueño alcancé a preguntarle su nombre, sin voltear me dijo “Sofía”.

Cerca de las 5:30 de la madrugada escuché que se detuvo el autobús, tome mis cosas y la vi dormida, no tuve tiempo de despedirme, el chofer tenía prisa estaba atrasado, simplemente baje y me detuve a ver cómo las potentes luces blancas del autobús se encendían para continuar con su viaje.

Una hora después llegué a casa de unos tíos que apenas se estaban levantando, así que me senté en un sillón de su sala verde olivo, y prendí el televisor de 19 pulgadas para ver qué era del mundo después de estar en la selva más de un mes. Después de los deportes la anunciadora muy joven y guapa por cierto, enlazó a un corresponsal en Puebla, era Marco Campillo desde la autopista México-Puebla donde había chocado minutos antes una pipa de PEMEX. Nuevamente un desastre de este tipo había ocurrido.

Las imágenes en vivo presentaban varios autos incendiados, una enorme pipa de gasolina volcada, y un autobús que presumiblemente iba a exceso de velocidad. Junto al autobús entre paramédicos y sangre, se observaban algunas cajas con botellas de perfume rotas y vacías, así como unos aretes plateados de cubos que resplandecían tirados en el asfalto. El autobús ADO 280 no alcanzaría a llegar esa mañana a la Ciudad de México, y un hombre guapo de 36 años que esperaba en la sala 24 del aeropuerto se quedaría solo, esperando por horas y sin respuestas creyendo que Sofía se había arrepentido de continuar con aquella aventura, sin saber que ella con la esperanza de cambiar su vida junto a él, se estaba poniendo un poco más de perfume, mientras una luz roja iluminaba sus grandes e ilusionados ojos a más de 95 kilómetros por hora.

Héctor Perdomo V.
Perote Veracruz, Julio del 2005

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