Lazy Lizard y el Misterio del Cenote Maya

Lazy Lizard y el Misterio del Cenote Maya

Espero que guardes el secreto que a continuación te cuento, quizás no debería ser secreto, pero no se a ciencia cierta si es real. Lo sabe mi simpático y verde amigo quien lo vivió, yo, y ahora te he escogido a ti pues pienso que puedes aprender la lección..

Esperanzado poder trabajar al fin, Héctor limpiaba el parabrisas del avejentado Volkswagen sedan modelo 93. 15 minutos antes, el despertador marcaba las 5:30 AM. Era un día más de trabajo para Lazy Lizzard. Rápidamente Elisa, Cesar, Ana Laura y Héctor cargaban su pesado material de campo que Lazy soportaba con unos vencidos amortiguadores que ya no hacían demasiado por los baches de los caminos de Cozumel. Los 4 biólogos llevaban varios meses trabajando en sus proyectos de tesis en aquella hermosa isla maya. Lazy era en realidad el integrante más viejo del proyecto, de hecho había pertenecido varios años a una rentadora de autos turísticos antes de entrar al mundo de la investigación científica. El odómetro del corroído autito verde marcaba más de 150,000 kilómetros, aunque en realidad no se sabía cuantas veces había comenzado del 0 nuevamente, así que respetaban su kilometraje como las canas de un viejo.

A la velocidad máxima que permitían sus 4 velocidades y tuerto de un faro, Lazy se abría paso en las inundadas calles y avenidas de San Miguel. Ana Laura aún inmersa en el borde de un sueño vegetal dormitaba en la parte de atrás del auto, junto a Elisa esperanzada en que aquella mañana encontraría el ratón que no aparecía desde hace varias semanas. Para Cesar recién peinado y vestido impecablemente con ropa Adidas, las cosas tampoco andaban tan bien. Sentado en el desoldado asiento del piloto, con Lazy había rodeado la isla un centenar de veces sin encontrar ni un rastro de las polémicas boas de Cozumel. Héctor intentaba manejar a Lazy aunque éste parecía tener vida propia, ya que aceleraba cuando había que detenerse y frenaba cuando quería, así que en realidad se conducía solo y en este caso, hacia una desenfrenada aventura.

Más tarde ya todos ahora sí despiertos, avanzaban entre la densa y húmeda selva por unas brechas que no habían circulado jamás. Buscando un buen lugar para muestrear animales y medir DAP´s, el ruidoso motor de Lazy asustaba a los pocos tapacaminos que se podían encontrar en aquella desolada isla. Tenia unos meses que los animales de aquella selva habían ido desapareciendo hasta dejar una silencioso y abandonado lugar, donde ya ni las viejas y lentas tortugas caminaban por la hojarasca.

Desesperados de no encontrar nada, siguieron el vuelo de un solitario pájaro carpintero que zigzagueaba de un lado a otro de una obscura brecha. Para darle alcance, Héctor pisó con más fuerza el acelerador, y Lazy con sus 4 jóvenes tripulantes se desplazaba sin saber a donde llegaría. Repentinamente y a una gran velocidad el ave voló en picada, perdiéndose en la oscuridad. Lazy no tuvo tiempo de frenar a aquella velocidad y entre gritos y ruidos de ramas y agua, todos cayeron por un gran agujero que se abría en medio de la selva.

De repente oscuridad y silencio, se comenzaron a preguntar unos a otros si estaban bien. Cesar sacó una lámpara de su mochila, por suerte acababa de ponerle baterías nuevas la noche anterior. En la altura se abría una pequeña ventana de luz por donde habían entrado. Con la escasa iluminación que tenían, pudieron confirmar que el movimiento peculiar de Lazy se debía a que estaban flotando en el agua. “¡Estamos en un cenote!!”, gritó con su aguda voz Ana Laura. Por su origen coralino y calcáreo, la isla Cozumel así como la península de Yucatán era como un gigantesco queso gruyere, con galerías de agujeros que se interconectaban a cientos de kilómetros bajo la tierra.

Una leve corriente en el agua los empujó hacia una rocosa orilla donde las 4 gastadas llantas del auto pudieron dejar de flotar, y las 8 empapadas botas de los biólogos pisaron tierra firme. Ahí Elisa sacó con calma otra lámpara de entre bolsas con avena, la cual utilizaba para alimentar a sus colilargos animales de estudio. Repentinamente y desde la penumbra, nuevamente el mismo carpintero de penacho rojo aleteaba llamando la atención de los sorprendidos biólogos. Esta vez se metió entre un par de enormes estalactitas cuyos picos se perdían en el fondo del agua fría. La curiosidad que caracteriza a los biólogos se presentó inmediatamente en los 4 amigos, que sin decir una palabra se miraron, asintieron, y luego de tomar algunas cosas comenzaron a correr tras el carpintero.

La humedad del lugar hizo que el lacio cabello de Cesar se encrespara, aunque increíblemente no le importó, ya que estaba más entretenido trepando y bajando por pendientes resbalosas que se convertían poco a poco en misteriosos escalones de piedra blanca. Al subir, poco a poco crecía una diminuta luz. Lo que parecía una llama encendida en la oscuridad se divisaba al fondo de un pequeño pasillo con techo piramidal. Entre raíces que se subdividían en otras más pequeñas colgando del techo, comenzó a correr una brisa refrescante con oxígeno puro para los agitados pulmones de Ana, Elisa, Cesar y Héctor.

Los 4 corazones estaban muy agitados y las palpitaciones a 130 por minuto. El resplandor de lo que ahora era una fuerte luz salía por una bella y colosal puerta. El marco de ésta en relieve de piedra grabada, tenía una enorme boa enroscada en un roedor, los cuales eran sostenidos a su vez por las patas de una golondrina. ¿Era a caso esta imagen una antigua profecía maya de lo que estaba sucediendo en la isla?, se preguntaban. La luz tan poderosa y radiante en aquella oscura cueva impedía ver lo que había al interior de la puerta. Elisa pensaba qué haría su papá en ese momento. Él siempre había gustado de la arqueología, la historia y las aventuras de grandes personajes. No decepcionaría a su viejo en aquel momento. A pesar del miedo y la incertidumbre fue la primera en entrar por la puerta, su mente no daba crédito a lo que miraba..

Uno a uno fueron entrando, sintiendo como sí al cruzar la mítica puerta estaban viajando a otra dimensión. Duraron minutos sin poder pronunciar una palabra, la incomodidad de la humedad y el miedo de no saber en donde estaban, se desvanecieron en el momento que cientos de colores e imágenes entraron por sus ojos. Frente a aquellos boquiabiertos biólogos, se encontraba una enorme bóveda, 20 veces más grande que aquella en la que habían caído con Lazy. En ella, el paraíso. Como trasplantados de la más hermosa selva, un conjunto de bellos y enormes árboles de las más variadas y raras especies mayas se imponían majestuosos junto a un cristalino río, donde varios potentes y cálidos rayos de luz iluminaban a peces nadando en el fondo. Como hijos agradecidos de aquel jardín celestial, cientos de animales compartían, raíces, hojas y frutos de aquellos árboles. Compartiendo una rama de Chechén cantaba una pareja del casi extinto toxostoma, mientras debajo de una Coccoloba jugueteaban tres pequeños mapaches con la divertida cola de un coatí. Iguanas, ratones, tortugas, cangrejos, entre muchos más, eran algunos de los animales que habían habitado alguna vez la selva de Cozumel, y que ahora cohabitaban escondidos en aquel hermoso pero secreto lugar.

¿Qué hacía ahí aquel lugar?, ¿quién lo había hecho, los Mayas?, ¿el jardín era una especie de arca de Noé?, ¿desde cuándo estaban los animales ahí?, ¿habían huido de algo?, ¿se protegían de algo o alguien?.. Muchas preguntas llenaban las cabezas de los 4 jóvenes, que en ese momento se sentían los biólogos más afortunados del mundo. Era el descubrimiento del siglo! Especies que se creían extintas estaban vivas en aquel extraño lugar bajo la tierra.

Nuevamente el pájaro carpintero apareció posándose como una señal vistosa sobre una mohosa y enraizada mesa de piedra blanca en medio del lugar. Los chicos se acercaron formando un círculo en torno a lo que asemejaba una enorme mesa de sacrificios. Bastó un soplido de los labios de Ana Laura para dejar que preciosas piedras incrustadas brillaran sobre la piedra blanca. ¿Era criptografía maya?, nunca lo sabrían con seguridad, pero el mensaje del relieve no necesitaba traducción, cualquiera lo hubiera entendido.

Como dibujos de un códice muy simple, se apreciaba una primera imagen de la selva justo como pudo ser hace miles de años, bella, viva, natural. En una segunda imagen apareció un grupo de hombres y lo que parecía ser una maquina, motores, destrucción; la selva estaba muriendo. La tercera imagen era impresionante... nunca ha dejado sus mentes. Como si les hubieran tomado una fotografía que hubiera viajado en el tiempo, estaba aquella cueva con sus árboles y animales, y una mesa al centro con 4 figuras humanas alrededor, ellos. Era simplemente estremecedora la imagen, no pudieron evitar sentir escalofríos. Una ultima imagen al extremo de la piedra, como el final del códice; era una preciosa boa de jade que sobresalía casi tomando vida propia y serpenteando sobre la mesa. Cesar estudioso de los reptiles no pudo evitar tocarla, y al hacer esto, un ruido tremendo resonó del fondo de la tierra. ¿Su curiosidad había activado alguna trampa?, ¿Era el fin?..

El cause de aquel cristalino río pronto se convirtió en un acaudalado y veloz rápido de aguas heladas. No sabían que hacer. ¿Se ahogarían en aquel lugar? La emoción y alegría se convirtió en angustia repentina cuando el agua comenzó a subir a sus tobillos. Repentinamente y como una auténtica salvación, apareció el viejo volkswagen verde flotando en el cause del río. No había mucho que decidir y pensar, así que sin dudarlo brincaron a la gélida agua y como pudieron se aferraron a Lazy, que nuevamente iba sin rumbo fijo. De nuevo oscuridad, caídas repentinas, agua por doquier y miedo. Ana Laura temía que jamás volvería a ver la luz del astro solar. Finalmente una luz y esperanza... De entre una abundante, espumosa y blanca cortina de agua salió Lazy Lizzard a la superficie de la selva con sus 4 tripulantes. Poco a poco la velocidad del río se convirtió en calma y tranquilidad. Empapados completamente llegaron a la orilla de un pequeño lago en un manglar. Ana Laura no tardo en regalarle una bella sonrisa al astro, en agradecimiento de los calidos rayos solares que acariciaban su cuerpo.

Lazy tenía agua en el carburador que nunca tuvo filtro, así que tardó un rato en encender. Ya más secos y en camino a casa cada uno se preguntaba si había sido real aquella extraña vivencia. Seguían en un shock que les impedía hablar demasiado. Al salir de la selva, Héctor detuvo el auto con los pocos frenos que le quedaban a Lazy. Ahí se miraron los 4 biólogos fijamente por última vez en mucho tiempo. La promesa de no decirle nada a nadie de lo visto y vivido aquel día, fue sellada en aquel corroído pero valiente auto que también guardaría el secreto en sus entrañas metálicas.

Continuaron su trabajo de campo rutinario por unas semanas más, y cada quien se fue de la isla concluyendo con su tesis. Con el tiempo aquellos jóvenes se convirtieron en importantes investigadores científicos. Dicen que cada uno tomó camino por rumbos distintos, en lugares lejanos del mundo, no se sabe si se volvieron a ver o mantienen contacto aún..

E
studio biología y hace poco llegué a trabajar a la isla de Cozumel para hacer mi tesis de licenciatura en la Estación Biológica “Perla del Caribe”. De entre los varios vehículos de campo me asignaron éste viejo pero simpático volkswagen verde que apenas camina.
Hace un par de días en la guantera de Lazy, encontré una vieja libreta de campo con datos de unas parcelas de árboles y notas de una bióloga. Al hojearla encontré entre húmedos dibujos de colores, la historia que te he descrito a grandes rasgos. No se si sea verdad lo que se cuenta en ella, pero estoy contento de poder estudiar el sorprendente renacer de la fauna y flora de Cozumel cuando todos lo creían extinto.. Quizás aquella vez en el hermoso jardín bajo la tierra se nos dio una segunda oportunidad de hacer las cosas bien.. ¿Lo harás tú?..

Para mis amigos Elisa, Ana Laura y Cesar
Héctor Perdomo V.

Cozumel, Q.Roo, Octubre 2005.




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