Helados y coronavirus
Helados y coronavirus
Son las tres de la tarde y el sol
entra caliente por mi ventana. Afuera, el viento juega con las hojas de los
árboles y una parvada de loros gritonea entre las flores anaranjadas de un
tulipán africano. Es el día 29 de la cuarentena de la era del coronavirus
COVID-19 del siglo XXI. También es un viernes de fin de mes, pero podría ser un
lunes o un miércoles, da igual. He perdido el sentido del tiempo, los relojes
están aburridos esperando administrar las actividades de mi día, con horas,
minutos y segundos.
A la distancia en el silencio de
la calle se escucha la peculiar campanilla del señor de los helados. El
ministro de salud aparece molesto todos los días en la televisión, para rogar a
la población que se quede en casa para evitar el contagio. No hay peatones y
rara vez pasa un auto por la calle, 5 millones de personas observan al ministro
dentro de sus casas. La campanilla vuelve a romper el silencio ahora más cerca.
Tengo casi un mes durmiendo 10
horas, preparando café con 3 cucharaditas, leyendo noticias en los mismos 4 periódicos
y compartiendo casa con los mismos 2 gatos. Abrir los ojos, desayunar, leer las
noticias, bañarme, preparar el almuerzo, ver alguna serie policiaca y cerrar
los ojos otra vez. Cada día a la misma hora, el paisaje sonoro se altera al
escucharse la campanilla del señor de los helados.
Los he visto por toda la ciudad,
no se de dónde vengan ni a dónde vayan. Me pregunto si siguen la misma ruta o
caminan libres hacia donde creen que la gente necesita un helado. Siempre es un
señor tras un carrito colorido de alguna empresa local de helados. Me imagino la
humilde casa del señor, con un gran congelador lleno de cientos de helados y
paletas que tiene que vender durante la semana. ¿Cuántas horas puede durar un
helado en aquel carrito que sube la cuesta a una temperatura de 30 grados centígrados?
La bruja no está, el gato negro
que habita mi casa sube a mi cama para enroscarse y dormir, quizás por la noche
saldrá a hacer hechizos y atravesarse en el camino de alguna persona para causarle
mala suerte. Un dinosaurio de plástico me observa entre plantas desde mi
balcón, el Parasaurolophus producía sonidos por el viento que soplaba por su
peculiar cráneo, mi dinosaurio de juguete produce un irrisorio sonido con un
diminuto aparato bajo su panza. Es un sonriente dinosaurio construido con
plástico, producido por restos fósiles de feroces dinosaurios de carne y hueso,
- vaya ironía.
Miro el mapamundi entre círculos
rojos. 586,140 infectados confirmados y 26,943 personas fallecidas. Al escribir
este siguiente renglón una anciana italiana que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial
ha perdido la batalla contra un organismo de 400 micras. La curva lineal se
vuelve exponencial, hoy Estados Unidos tiene más infectados que China, el país
de origen del contagio. Nadie podrá despedir a la anciana que será cremada con otros
919 muertos, que por cierto no volverán a comer gelatos. ¿Se han preguntado de
qué sabor será el último helado que coman en su vida?
Mi barrio se ubica sobre la
ladera de una montaña, las sinuosas calles suben y bajan, giran y dan vuelta
una y otra vez sobre ríos, puentes y contadas planicies. Este abominable hombre
de las nieves empuja su carrito por pendientes pronunciadas, el mismo número de
veces también tiene jalar el peso para que el pequeño vehículo no se vaya
corriendo a toda velocidad cuesta abajo. Si yo fuera aquel hombre, al final de
cada pendiente me comería un sándwich de chocolate helado. Vaya fuerza de
voluntad cargar con tan helada carga, caminando bajo los rayos calientes del
sol.
Dicen que actualmente un virus
puede transportarse por el mundo en menos de 36 horas. Comentan que tardarán al
menos un año en probar las vacunas y repartirlas a toda la población del
planeta. Según la receta de mi abuelo, hay que girar el bote con la mezcla en
el hielo durante 2 horas, para hacer un buen helado. Y según un reportaje de
Antena 3, una bola de helado tarda 5 minutos en derretirse bajo 32°C de calor.
Estoy seguro de que un helado de pistache dura menos tiempo en mi boca.
Cuando era niño, mis padres me
llevaban los fines de semana a comer Helados Chiandonni en la colonia Nápoles, atravesamos la mitad de la Ciudad de México desde Villa Coapa sólo para comer
un helado en menos de 5 minutos. Luego de adulto tuve la fortuna de vivir a
pocas calles de la misma heladería italiana, las meseras me saludaban, estoy
seguro de que trataban de adivinar si pediría plátano o mamey, cualquier sabor
es una delicia. En mi infancia no había epidemias mundiales, nunca tuve
sarampión, nunca tuve varicela, sería ridículo morir por una gripe en pleno siglo
XXI.
Escuché el sonido agudo de la
campanilla detenerse y salté con curiosidad desde mi cama. El gato negro siguió
soñando con chimeneas y escobas voladoras. El mítico hombre de las nieves
estaba en la puerta de mi casa bajo el sol. En silencio, lo vi abrir la tapa de
aquel carrito que como nave espacial expulsó vapor blanco, provocado por la
sublimación de la nieve carbónica. Su mano se perdió al entrar en aquel gélido
mundo portátil, que transportaba por la ardiente ciudad.
Miré por mi ventana como un
astronauta mirando la galaxia, encerrado en una cápsula espacial. Obediente al
ministro de salud, no había tenido contacto exterior por 4 semanas. Recordé que
por la mañana el Papa Francisco había pedido orar por médicos, enfermeros y
hasta por el personal de supermercados, pero no por el hombre de los helados.
¿Existirá el virus en el mundo del hombre de los helados?
Abrí la puerta por primera vez en
días y con un guante de plástico blanco, tomé entre mis manos aquel helado
tesoro. Galleta y chocolate se fundían rápidamente entre mis dedos, mi sonrisa
se perdió detrás de un cubrebocas verde. El sonido peculiar de las campanillas
del carrito se alejó por la calle, entre gritos de loros que veían el
atardecer. Es curioso pensar que los médicos llevarán por el mundo las vacunas
del coronavirus en una hielera gélida. Quiero imaginar un mundo en donde el
señor de los helados reparta vacunas por las calles y los médicos reparten helados de fresa a los enfermos del mundo.
La calle se quedó sola y en
silencio nuevamente. Hoy dormiré 10 horas y mañana prepararé otra vez café con
3 cucharaditas, mi ciclo de vida se repetirá varias veces más durante la
cuarentena. Quisiera regresar el tiempo y comer más helado en un mundo sin
pandemias. No queda más que confiar en que el señor de los helados llegue
mañana con la cura, o con un helado para mantener la esperanza de que saldremos
pronto a caminar por las calles del mundo.
Un helado para aquellos que
comprendieron que nadie se salva solo.
Héctor Perdomo Velázquez, marzo
de 2020.

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