Un metro de memoria
Recuerdo que me puse mis pesados anteojos y mire la hora en mi viejo reloj “Mido”, las manecillas marcaban misteriosamente la 1 de la tarde en punto, siempre me había parecido extraño que al mirar mi reloj éste marcara las horas exactas, pero lo más extraño era estar subiendo una escalera entre cientos de personas que caminaban con prisa. Apenas podía subir los escalones por mi viejo dolor de la ciática, y no tenia idea de a donde subía, sólo me llevaba el mar de gente “¿Qué hago aquí?” me pregunte, y trate de hacer un poco de memoria.. Un reloj de luces rojas titilantes colgado del techo marcaba las 11:03 am, junto a éste, había un letrero azul que decía dirección “cuatro caminos”. Cerca de mí, una muchacha de unos veintitantos años se pintaba los labios mientras se miraba en un diminuto espejo, su falda casi igual de diminuta me permitió contemplar más que sólo su par de lindas rodillas. Cuando yo era joven mirar unas piernas tan desnudas era tan raro como ver un avión en el cielo de la Ciudad de México. El agusanado tren naranja pasó junto a mí, al abrir sus puertas entré pegado a la muchacha, me sentí afortunado de entrar junto a ella en ese vagón, sin embargo también entro un joven detrás de mí. El tendría poco más de 25 años, vestía un pantalón de mezclilla de esa que en mis épocas era para los obreros, tenía una playera blanca y unos singulares tenis rojos que llamaron mi atención, jamás me hubiera puesto semejante ridiculez, “bueno” pensé “en los cincuentas ni tenis habían..” El joven de los tenis rojos se sentó junto a mí, él miraba también a la muchacha mientras bailoteaba su mano derecha sobre su pantalón deslavado. Tenía uno de esos aparatos en los oídos, que al parecer emiten música... pero yo sólo escuchaba un siseo terrible y molesto..pero a ella parecía gustarle la música, me encelé cuando ella le sonrió.. Mientras el metro se desplazaba y balanceaba violentamente sobre las vías, un señor moreno de unos cuarenta años sacó de una pequeña mochila unos coloridos cuadernillos, sus gritos ofrecían el libro de crucigramas y pasatiempos “por sólo 10 pesos”. “Una ganga” pensé, pero gastar 10 pesos era demasiado para mi humilde pensión de jubilado, mejor era cuidar mis centavitos para comer. El muchacho de tenis rojos sí compró uno de los libros y comenzó a hojearlo a mi lado. Entre calor, sopas de letras, muchedumbre y cuadriculas vacías, mis parpados se fueron cerrando.. Una repentina y fuerte enfrenada me sacó de mi sueño... una voz que salía de unas viejas bocinas del metro anunciaba: “próxima estación Chabacano, conexión con línea 9”.. me paré como pude ayudándome con mí viejo bastón negro de pasta, y me percaté que tristemente ya no estaba la linda muchacha, pero noté que el chico se levanto detrás de mí.. Al abrirse las puertas del vagón, una docena de hombres gordos y sudorosos se abalanzaron hacía mí, como furiosos gladiadores en una película de Ben –Hur. Luego de sobrevivir a la batalla de las puertas, la multitud caminaba y bajaba rápidamente por unas sucias escaleras de mármol, pero yo no sabía que hacer, a dónde ir. No recordaba a dónde me dirigía. Me quedé parado buscando pistas. Busqué en los bolsillos de mi viejo suéter azul, llevaba un par de papeles con letras tan pequeñas que no las podía leer a simple vista. Desde los 17 años uso anteojos para leer. Me sentía sólo y desesperado, estaba en un andén oscuro y caluroso donde me era difícil respirar. Mientras buscaba el estuche de mis anteojos, una mano gruesa agarro mi brazo por el codo y me empujó; inmediatamente un chisguete de sangre caliente recorrió mi cuerpo desde la cabeza hasta los pies... el miedo me paralizó. La siguiente imagen que recuerdo era de muchas piernas caminando... faldas, pantalones obscuros, uniformes escolares, portafolios, cientos de zapatos avanzando por un túnel que me parecía infinito. Estaba sentado junto a mi fiel bastón en una banca de cemento, mi cuerpo sudaba y sentía fuertes palpitaciones en el pecho. Busqué en los bolsos de mi suéter nuevamente, y encontré un sobre metálico con blancas pastillas sin nombre, no las recordaba, pero quizás me ayudarían.. El sabor amargo de los misteriosos químicos en mi lengua me provocó nauseas. Del otro lado del túnel junto a un puesto de periódicos, estaba de nuevo el joven del vagón, sus tenis rojos eran inconfundibles.. los recordaba perfectamente. Mientras intentaba tranquilizar mi respiración, observe al chico que corrió desesperado luego de voltear a verme.. “¿porqué estaba el joven ahí?, ¿me había hecho algo?, ¿tenía algo que ver con mi terrible estado agitado? No lo alcanzaría ni corriendo como en aquellas épocas en que ganaba medallas en maratones, y si lo lograba..qué?, lo iba a asustar mi bastón negro?.. Ya estaba muy viejo para hacerla de héroe, y se fue el chico corriendo con mis incógnitas bajo el brazo. Mejor busque mis anteojos de nuevo, leí en mi dorado reloj las 12:15 del día 30. Al guardar los anteojos me percate que no tenía mi vieja cartera negra de piel, ni aquellos papelitos con letra diminuta.. seguramente había sido una víctima más de los cientos de delincuentes que rondan esta caótica y peligrosa ciudad, pero no recordaba nada.. No me quedaba más que dejarme llevar por aquel mar de piernas caminantes. Entre empujones y pisotones, luego de lo que me parecieron kilómetros, llegué de nuevo a un andén, junto a mí, una familia de invidentes se tomaban por el hombro. Una pareja con delgados bastones metálicos y negras gafas, llevaba una pequeñita de escasos meses en una improvisada cuna de tela.. “¿será invidente también?” me pregunte... y la curiosidad hizo que me metiera de nuevo con ellos en un vagón sin destino para mí. Entre un hombre fuerte y apestoso con su caja de herramientas, y una señora con caderas inmensas y dos bolsas del mandado, intenté mirar dentro de la cuna.. La pequeña balbuceaba y movía sus diminutas y frágiles manos.. era increíble admirar tanta vida en un ser tan pequeño, pero era más increíble que un viejo como yo de 74 años anduviera metido en aquel vagón sin saber a dónde ir. Llegamos a la siguiente estación y finalmente alcance a ver el rostro de la pequeñita. Desgraciadamente unos pequeños parpados cerrados guardaron la duda de mi curiosidad para siempre...y de nuevo el rió de personas me sacó de nuevo hacía un pasillo infinito. Mi siguiente recuerdo era estar en un túnel muy largo y oscuro. No había nadie más. Una luz blanca y brillante iluminaba a alguien al fondo del túnel. No recordaba de dónde venía, a dónde iba, en dónde me encontraba.. probablemente pronto no sabría ni quién era. Logré sacar mis anteojos de aquel roído suéter azul y al colocármelos, observé que un resplandor violeta cubría mi cansado cuerpo. Miré hacia los lados y hacia arriba, estaba rodeado de brillantes constelaciones de estrellas: Acuario, Libra y Casiopea; las identifiqué rápidamente, como en los viejos tiempos cuando me escapaba al campo con la palomilla de mi vecindad. Todo era silencio y tranquilidad, me sentía en paz. “¿Este es el final?” me pregunté, “¿dejaré mi viejo cuerpo?, ¿llegó la hora de mi muerte?..” Esperaba ver mi vida en un minuto, “es lo que dicen que sucede, ¿no?”... pero no venía nada a mi mente.. Repentinamente un fuerte sonido metálico se escuchó detrás de mí, cerré los ojos con fuerza. De nuevo había voces de personas, tacones caminando, niños llorando, bullicio, hasta que un empujón hizo que abriera los ojos. Estaba en un pasillo del metro La Raza!! Recordé que estaba perdido, y como hace ya mucho tiempo no lo hacía, comencé a llorar de desesperación, el metro me había devorado durante horas. Mientras miraba al piso cabizbajo, aparecieron frente a mí aquel par de tenis rojos, ya nada podía estar peor, mire su rostro y era el mismo muchacho que se había subido conmigo al vagón hacia más de 2 horas. Se quitó sus aparatos de música de los oídos y me abrazo.. “!¿abuelo dónde estabas?!!” Te extraviaste mientras te compraba agua y perdimos la cita con el doctor!!.. Me tranquilicé, hice un esfuerzo, y recordé que había guardado una receta y una cita en mi bolsa del suéter. “¿Cómo pude perder los exámenes a las 12pm en el centro médico?!!”, me reproché. Comencé a subir rápidamente unas escaleras y mire la hora en mi viejo reloj “Mido”, las manecillas marcaban misteriosamente la 1 de la tarde en punto, siempre me había parecido extraño que al mirar mi reloj éste marcara las horas exactas, pero lo más extraño era estar subiendo una escalera entre cientos de personas que caminaban con prisa.. “¿qué hago aquí me pregunte?...” Héctor Perdomo Velázquez Ciudad de México, agosto del 2005 |
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